Al Gobierno le suelen llamar el esperpento sanchista. No porque sea una exageración de la grotesca realidad o porque haya desatinado, sino porque puede seguir en el poder aunque empate en unas elecciones, en cuyo caso, en verdad, los esperpénticos serían los que le votasen. No hay una diferencia abismal entre el voto del PP y el del PSOE, pero no olviden que el PSOE se parece a España en la manera de resistir y de mandar: es un partido duro que ha gobernado más tiempo que nadie en España desde la Transición, una tercera parte en todo este tiempo.
Felipe González gobernó 14 años seguidos; Zapatero, ocho; Sánchez lleva seis años y dice que aun le quedan 1.000 días. Los españoles votan a quienes les da la gana, pero las derechas han aguantado mejor y han ganado las últimas elecciones, aunque los socialistas no les han dejan arrimarse al poder. Sánchez, que ya no gana elecciones, tuvo que formar gobierno con los enemigos del país. Llamó al invento Gobierno de coalición progresista cuando lo que hacía era pactar con el racismo y la extrema derecha rompiendo la tradición bipartidista del nuevo turnismo. Si me dicen que este PSOE no se parece en nada al felipismo, tienen razón: esto es un frente popular de separatas que nos lleva al caos. Habíamos seguido el esquema clásico de conservadores y socialdemócratas hasta que llegó el coman. Como los romanos, juró odio eterno a la derecha y a la extrema derecha. Aunque los dos partidos se han encogido, especialmente el socialdemócrata, antes muerto que una gran coalición; incluso en esta época en la que las izquierdas están para el arrastre y triunfan las derechas.
El PSOE y el PP habían gobernado con minorías y bisagras nacionalistas antes de que se echaran al monte. Pero este PSOE es hoy una fuerza rara que, sin embargo, ha logrado mandar en una Europa en la que la socialdemocracia se derrumba porque ha perdido su aparato verbal y no termina de adaptarse al siglo XXI. La crisis tuvo su origen en el ascenso del capital financiero que desplazó el modelo industrial y se opuso al keynesianismo.
Hoy, la socialdemocracia está desconcertada. Y, sobre todo, ya no se necesita para aparentar ser la izquierda. Como norma, forma parte de un partido de orden, pero en España se une con el discurso identitario y nacionalista, allí es a donde la ha llevado Pedro Sánchez.